miércoles, 5 de septiembre de 2012

Cuento: Un vampiro frente al espejo

¿Qué es la muerte?, me preguntaron alguna vez. Yo respondí sin demora: Son dos espejos situados frente a frente, dos espejos que se reflejan a sí mismos y no reflejan nada. Uno de ellos es la muerte antes de la vida, el otro es la muerte después de ella. La muerte es un reflejo sin reflejante, dos espejos vacíos, la nada que se ve en la nada. Eso es la muerte para los que hemos bebido la sabiduría en las venas de un ser amado, los que blasfemamos del día y veneramos la noche, los que mordemos la inmortalidad con los colmillos del tedio y la costumbre, los «otros», los que siempre hemos estado ocultos, los vampiros.

Mi nombre es Diego, y mi origen se remonta a la época colonial, cuando la raza de mi padre fue sojuzgada por la espada y la cruz del europeo. Mi madre fue doña Alejandra del Olmo, una hermosa damisela hija del acaudalado e influyente don Jorge del Olmo. Mi padre fue conocido por muchos nombres, pero en este relato le llamo por el que se dio a sí mismo en la lengua de su pueblo, después de haber sido maldecido por los dioses antiguos: Quanitzin, “Señor de la Sangre”. La mayor parte de su historia es desconocida para mí, lo poco que sé lo descubrí en antiguos textos y leyendas que sobrevivieron al pensamiento moderno.
Mi padre fue un mexica, el más grande tlamacazqui de Huitzilopochtli, era temido y respetado por todo el pueblo, incluso por el Tlatoani, pero por alguna razón cayó del seno de los dioses y su tonali fue maldecido. A partir de entonces se llamó a sí mismo Quanitzin porque se alimentaba de la sangre de sus semejantes. Él podía tomar la forma de jaguar, murciélago, serpiente o búho. Muchos guerreros y aventureros quisieron cazarlo y darle muerte pero él siempre logró frustrar sus intentos. Durante mucho tiempo mi padre consiguió sembrar el terror en los corazones de los mexicas, pero tras la llegada de los españoles no se le menciona más en la tradición indígena, tal parece que el Señor de la Sangre se escondió en las entrañas de la tierra cuando su mundo fue destruido por seres de piel blanca y no caminó entre los mortales durante cien años.
Las crónicas de la Nueva España hacen referencia a un espectro que bebía la sangre de los vivos y que se ocultaba ante la aparición del sol. Otros se refieren a un demonio que se veía por las noches en las bibliotecas de la ciudad que desaparecía antes del amanecer. Quizás estas historias sólo sean rumores, así que únicamente puedo tomar por verídicas las palabras que pude arrancarle a mi madre antes de que falleciera y que hacen referencia a mi negro nacimiento.
Cuando ella tenía dieciséis años conoció a un caballero de oscura figura que le robó su joven e inocente corazón. Este hombre era muy alto, cosa rara en su raza, su rostro tenía rasgos indígenas pero su belleza era perturbadora, casi sobrenatural, su cabello negro que le llegaba a los hombros brillaba como con resplandores de plata. Hablaba muy bien el castellano, el latín y otras lenguas, conocía de ciencia, literatura e historia tanto del viejo como del nuevo mundo. En ese entonces se hacia llamar Miguel Quanitzin, mi abuelo lo había conocido en la biblioteca de la catedral de la ciudad donde mi Quanitzin trabajaba como traductor, y su gran conocimiento e inteligencia le sorprendieron a tal grado que lo contrató como tutor de su única hija, mi madre Alejandra.
Cuando se vieron por vez primera, sus corazones se sintieron unidos, un apasionado amor nació entre ellos. Durante cuatro años compartieron sus vidas y bajo la complicidad de la madrugada y de las doncellas de la casa vivieron su pasión de forma ininterrumpida. De esos calurosos encuentros yo fui fruto. Mi madre le ocultó el embarazo a su amado, no por vergüenza, sino que algo muy dentro de ella le pedía discreción. Por otra parte mi padre sabia muy bien que su descendencia sufriría la misma maldición que él, y ese pensamiento lo atormentaba y oprimía su corazón. Pero llegó el momento en que mi madre no pudo ocultar más su secreto y le reveló a Quanitzin que llevaba un hijo de su semilla en el vientre. Él no cabía en sí de felicidad, aunque una sombra de dolor y sufrimiento amenazaba su dicha sin que lo supiera.
Mi padre creyó entonces que el amor de mi madre era tan grande como para poder revelarle su verdadera naturaleza e historia. Ella escuchó con miedo y asombro las palabras que él decía, cuando hubo terminado, cayó de rodillas y se cubrió el rostro con las manos, él acercó la suya para acariciar su cabello pero mi madre lo rechazó con un violento golpe, lo miró fijamente a los ojos y le llamó monstruo, aberración del Señor, lo maldijo a él junto con la semilla que había puesto en ella.
Tanto se había alargado el encuentro de esa noche que para el momento en que mi madre repudiaba su amor, el sol ya había salido. En su desesperación se sujeto a las cortinas y las desprendió de un tirón, la ardiente luz inundó la habitación y golpeó a mi padre en el rostro, el cual quedo desfigurado del lado derecho. Con gran dolor que no provenía de su herida sino más bien de su espíritu, Quanitzin tomó la forma de un gran perro negro, saltó por la ventana y huyó a través de la calle mientras el sol chamuscaba su piel. Nunca se volvieron a ver.
Doña Alejandra del Olmo salió ese mismo día de su casa para no regresar jamás. El resto de sus días los pasó en la ciudad de Celaya en la casa de una amiga de la infancia que estaba al tanto de todos los acontecimientos. En ese lugar ella consumió su existencia y a su vez yo nací y fui criado. Cuando llegué al mundo tenía la apariencia de un niño normal, pero mi madre sabia que la sangre de aquel monstruo que la había amado corría por mis venas. Ella me odió, no por lo que era, sino por lo que podría llegar a ser, pero a la vez me amaba por ser yo el fruto de su único amor, un amor maldito.
Como dije antes, yo era un niño normal, con la única excepción de que no toleraba la luz del sol. La primera y única vez que estuve bajo su resplandor, quemó mi carne y cegó mis ojos, por fortuna mis heridas sanaron pronto, sin embargo los temores de mi madre se acrecentaron y un profundo abismo se creó entre los dos. Hasta los quince años la herencia de mi padre se hizo presente. Entre los dones que recibí de él se encontraba la fuerza sobrehumana, la facultad de controlar a las bestias que caminan por la tierra y el don de leer la mente y corazón de los hombres. Por desgracia también herede su insaciable sed de sangre, la aberración al sol, el castigo de la inmortalidad y el horror de que mi semilla seria siempre maldita.
Noche a noche mi sed aumentaba, los alimentos normales me provocaban nausea, el agua quemaba mi lengua, la inquietud por mis poderes crecía y el hambre de conocimiento me consumía como un fuego interno. Leí todos los libros que había en casa y los que Lucia compraba para mí, así fue como conocí la historia de Quanitzin y otros vampiros, sin embargo esto no calmó mi curiosidad, sólo logró incrementarla.
Ya que mencione a Lucia, es justo que hable del papel que jugó en mi no-vida. Ella era la doncella más joven de la casa, era muy bella, de cabello rizado, piel morena y ardiente cuerpo. Ella fue mi primer alimento y mi primer amor. Su sangre era muy dulce, pero su sexo lo era aún más. Durante dos años la bebí y la amé, hasta que la maldición de mi estirpe se presentó en forma de neumonía y me la arrebató. Desolado, con ardor en mi alma, le exigí a mi madre conocer la verdad. No sin grandes esfuerzos la convencí de ello, al poco tiempo ella murió de la misma enfermedad.
Con veinticinco años de edad mi cuerpo no envejeció más, mis facultades se incrementaron y aprendí a controlar mis instintos. Sin ningún lazo que me uniera a otro ser, decidí abandonar el lugar donde había nacido para conocer el mundo que sólo conocía a través de libros. Durante años recorrí el continente, ocultándome en el día y explorando por las noches. Si de mi padre herede su poder, de mi madre su belleza, lo cual me fue muy útil a la hora de alimentarme, ya que prefiero beber del cuello femenino, la sangre de la mujer es muy dulce y nutritiva, no sólo alimenta, también embriaga y estimula.
En mi primer gran viaje bebí de muchas damas, pero no ame a ninguna de ellas, sabia que cualquier amor que naciera de mí, estaría de antemano maldito y condenado. Lucia seguía atrapada en mis recuerdos, su cálida sangre corría aún por mis venas y el olor de su piel me consolaba en los largos días.
En 1810 termine mi viaje y me uní a la guerra de independencia. Luche al lado del ejército español. Por mis superiores fui conocido como un gran soldado, valiente, osado, aunque mis compañeros me consideraban extravagante porque únicamente luchaba en los combates que se realizaban durante la noche y en el día desaparecía. Abrase la causa española, aborrecía a los insurgentes. Muy pronto me colocaron al mando de un batallón. Bajo mi plomo y fuego cayeron muchos rebeldes, grandes bajas le ocasione a los ejércitos de Hidalgo y Morelos. Durante una refriega mis hombres y yo fuimos acorralados. Todos murieron, yo tenía el cuerpo herido por un cañonazo, me dieron por muerto. Cuando mis atacantes se retiraron me arrastre por el suelo en busca de un refugio, ya que el amanecer estaba próximo. Encontré una pequeña cabaña y allí pedí asilo. A mi encuentro salió una hermosa mujer indígena de nombre Xochitl, heredera de la belleza de las doncellas del Anahuac que cautivaron a los conquistadores españoles. Su rostro hería de tan hermoso que era, sus senos eran generosos y firmes, su cintura breve, sus caderas anchas, sus piernas torneadas y su sexo era aun más suave y tibio que el de mi amada Lucia.
Xochitl vivía sola en ese lugar, su padre y sus dos hermanos se habían enlistado en el ejército de Hidalgo, a su madre nunca la conoció porque falleció al darle a luz. Aunque llevaba el uniforme del ejército español, ella se apiadó de mí, sanó mis heridas, me amó y me alimentó con la vida de sus venas. Durante los meses que pase junta a ella me habló de la historia y grandeza de su pueblo, compartió conmigo su herencia y sus ansias de libertad. No sólo curó mis lesiones, también mi dolor. Entonces por amor a ella cambie mis convicciones y mi bando, me convertí en guerrero. Me despedí de ella, regrese al campo de batalla. Luche con más arrojo y fuerza, fui temido, odiado por todo el ejército realista. Estoy seguro que la victoria total hubiera sido mía, pero la maldición de Quanitzin y la ponzoña de mi sangre destruyeron una vez más mis ilusiones.
Sucedió que regrese a casa de Xochitl durante una tregua, cinco soldados me escoltaban a través del bosque que conducía a mi destino. Durante el trayecto un extraño presentimiento se apodero de mí, una insoportable angustia comprimía mi pecho. Cabalgue a todo galope con la falsa esperanza de que mis temores fueran infundados. Cuando llegue descubrí que los españoles se habían adelantado, la cabaña se encontraba en llamas y Xochitl estaba en el suelo con el cuerpo ultrajado, sangrante, sin vida. Ciego de ira lance un terrible grito que desgarró el cielo y llenó de miedo el corazón de los que me acompañaban. Esa noche asesine a sangre fría a todo español que se cruzó en mi camino, sin importar que fuera hombre, mujer o niño. Ignoró cuantos murieron victimas de mi locura y dolor, pero fueron muchos, demasiados y todas esas vidas me pesan como cadenas ardientes. Tome el cuchillo que llevaba en la cintura, corte con él mis muñecas y derramé sobre la tierra la sangre de ella que aún corría por mis venas, lo hice porque no quería conservar nada que pudiera alimentar su recuerdo, tan grande era mi dolor, dolor que sólo pueden sentir aquellos que están estigmatizados por la inmortalidad.
Decidí entonces suicidarme para esa época, escape a la guerra, al dolor, a los recuerdos. Me oculte en cerros y cavernas. More en las entrañas de la tierra, rodeado de oscuridad y silencio. Por azares del destino descubrí la cueva en la que mi padre se ocultó durante la conquista. En ese lugar se hallaban cientos de libros de diversos autores y temas, así como también los escritos que contaban su historia. A pesar de que lo odiaba por la maldición que me había heredado, la curiosidad me impulsó a leer sus manuscritos, con la esperanza de conocer algo más de mi propia naturaleza. En aquellas centenarias hojas narraba su historia antes y después de convertirse en Quanitzin, leí como Tlaloc y Quetzalcoatl lo maldijeron por haber profanado el santuario de Huitzilopochtli. El dios del agua le sentenció que su elemento herviría su piel y envenenaría su cuerpo, mientras que el dios «Serpiente emplumada» sembró la sed de sangre en su lengua. Ambas deidades le dijeron que Tonatiu lamería su piel y la carcomería como miles de gusanos hambrientos. A partir de ese momento quedaría exiliado del día y seria arrojado a los abismos de la noche. Le fue prohibido crear descendencia, y para estar seguros de ello maldijeron su semilla. Aunque los dioses eran severos, tamben fueron compasivos, su maldición acabaría cuando la cabeza de mi padre fuera desprendida de su cuerpo y la sangre de sus venas regresara a la tierra a la que pertenece.
Tras conocer aquella historia mi odio desapareció y la compasión tomó su lugar, sentí una honda pena por él y por mí mismo. Estuve tentado a degollarme en ese instante para encontrar la paz y el olvido que me traería la muerte, sin embargo no lo hice, en vez de eso regrese al mundo e inicie un viaje en busca de mi padre. Pensaba que él entendería mi dolor y pena, ya que yo era su sangre, el único de su estirpe, el único lazo de carne en el mundo.
En el año de 1850 comencé mi búsqueda, recorrí las principales ciudades de México y Estados Unidos, atravesé las selvas y cordilleras de Sudamérica. Cruce el mar y seguí su rastro en Londres, Paris, Estambul. Visite la Muralla China, los templos budistas del Tibet, las bibliotecas y museos de Irak, los Carpatos, pero nunca lo encontré a él o a algún otro de mi estirpe, sólo descubrí leyendas y mitos de gente ignorante y supersticiosa.
A principios del siglo XX regrese a México. En esa época el descontento social había explotado de nueva cuenta, los campesinos tomaron las armas y declararon la guerra al dictador Porfirio Díaz. Cansado de mi inmortalidad entré en la lucha con la esperanza de encontrar la muerte a través de la mano piadosa de un enemigo. En esa ocasión no tome partido alguno, sólo luchaba por luchar, sin ideologías ni convicciones. Combatía junto al ejército de Zapata y a la noche siguiente en contra de él. Únicamente me bastaba sentir el olor a pólvora y sangre para tomar mis armas y descargarlas en cuanto cuerpo se interponía ante ellas. En una ocasión mis compañeros de armas en turno y yo interceptamos la vanguardia de un ejercito rebelde. Al mando de esta tropa iba el llamado Centauro del Norte, el general Francisco Villa. Di la orden de atacar y comenzó la escaramuza. En el calor de la batalla una bala de mi carabina hirió a Villa en el hombro y lo derribó de su caballo. Sabiendo quien era, me acerque a él para darle el tiro de gracia, pero un violento golpe en la nuca me derribó.
Cuando mire a mi atacante a la cara un estremecimiento recorrió mi cuerpo y heló mi sangre. No conocía el rostro, sin embargo una fuerza poderosa emanaba de él, tenia fuertes rasgos indígenas, pero era de facciones muy finas, tenía una presencia que me inspiraba miedo y respeto a la vez. Sus ojos negros se clavaron en los míos. Con una de sus manos sostenía un poderoso machete sobre mi cuello, me preguntó mi nombre mas yo no le respondí. No obstante le pedí el suyo, quería conocer el nombre de aquel que estaba a punto de darme la paz que tanto anhelaba. Él esbozo una sonrisa y me contesto: —Tengo muchos nombres, más que cualquier otro hombre sobre la tierra, pero para ti soy Miguel, Miguel Quanitzin, teniente del general Pancho Villa—. Era él, a quien busque durante años, El Señor de la Sangre, mi padre. Enmudecí de la impresión, aquel que me dio la existencia se encontraba a punto de arrebatármela, pero mi destino no era perecer bajo el acero de mi padre. Sin ningún motivo aparente retiró lentamente la hoja de su machete de mi garganta, se acercó a su general herido, lo montó en su caballo y juntos cabalgaron lejos de aquel lugar. Me levante del suelo sumamente confundido, ignoraba qué frenó la mano de mi padre. ¿Sería acaso que vio en mí algún rastro de su carne o que el llamado de nuestra maldita sangre lo llenó de compasión por su hijo? Nunca lo supe, ya que jamás lo volví a ver ni a saber nada de él.
Al finalizar la guerra me sentí asqueado del curso que tomaron los acontecimientos políticos, y me recluí en una gran casa de la calle Coyoacan. Al igual que algunos revolucionarios, yo pude obtener una gran fortuna mediante el hurto y el saqueo. Gracias a ella pude hacerme de una enorme biblioteca a la que he dedicado los últimos noventa años. Sigo alimentándome de hermosas mujeres, pero no he entregado mi amor a ninguna. Me sepulté en estas paredes y sólo salgo al amparo de la luz de la luna para alimentarme.
Mi sangre morirá conmigo, no he dejado mi semilla en vientre alguno, y espero que esto sea el fin de la maldición de Quanitzin. En estas hojas dejó plasmada la historia de mi existencia con la esperanza de que alguien sea capaz de encontrarla y tomarla como un testimonio real y no como un desvarío fantasioso de una mente demasiado inquieta. Aun creo que la muerte son dos espejos situados frente a frente y sé que cuando mi reflejo aparezca en ellos, yo dejare de existir.

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