lunes, 5 de noviembre de 2012

Los que caminan (ultima parte)



XVI
Doce horas después de la última grabación…
Sigo vivo. Realmente creí que todo había acabado. Cuando los que caminan entraron al almacén corrí hacia la puerta trasera, confiado de que tendría vía libre a través de ella. Me equivoque, algunos monstruos se encontraban ya en ese lugar, no sin dificultades logré esquivarlos y salí del callejón. Antes de que me diera cuenta me encontraba rodeado. Le disparé a varios de ellos y logré ganar algo de tiempo, el suficiente como para alejarme algunos metros. Creí que lo había logrado, creí que escaparía, pero de entre la multitud surgieron varios trotadores que se lanzaron al instante sobre mí. Eran demasiado rápidos, sabía que no tenía oportunidad pero aún así corrí, corrí como nunca. Central Park no quedaba tan lejos, si corría lo suficiente, quizá sucediera un milagro. Y el milagro sucedió. De entre los cada vez más próximos arboles surgieron varios hombres armados, uno de los cuales me ordenó me tirara al suelo, lo que hice al instante. Escuché varias detonaciones de arma de fuego y después silencio.
      Un par de botas se colocaron a un lado de mí, casi al instante sentí la presión de un cañón sobre mi cabeza. ¡Mis  salvadores se estaban volviendo mis verdugos! Dos de ellos me levantaron con violencia del suelo mientras otro no dejaba de apuntarme y hacerme preguntas. ¿Quién era?, ¿de dónde venía?, ¿había sido mordido? Hasta que no los convencí de que me encontraba sin heridas en mi cuerpo dejaron de apuntarme. Tenían sus razones para temer. Según me contaron mientras me escoltaban a la zona segura, hacia horas que ningún sobreviviente había logrado llegar a Central Park, y no sólo eso, algunos refugiados que habían sido heridos por los que caminan habían muerto a las pocas horas en una horrible agonía para convertirse a su vez en uno de ellos. Muchos esfuerzos y sacrificios se tuvieron que hacer para limpiar el punto seguro.
Ya en el campamento escuche en voz de los sobrevivientes historias similares a la mía, sus hazañas y perdidas. Todos fueron amables y atentos conmigo, compartieron su agua, espacio y alimento. Por primera vez en mucho tiempo me sentía bien y a salvo. Los militares nos cuidan, y más importante aún, nos han prometido que pronto vendrán helicópteros que nos sacaran de la ciudad. Sólo tenemos que resistir un poco más. Un poco más.

XVII
Dos horas después de la última grabación…
Se aproximan. Saben que estamos aquí y vienen por nosotros. Son cientos, los he visto. Los militares disparan sobre ellos, pero son demasiados. Las personas a mí alrededor lloran y rezan en silencio. Todos permanecemos inmóviles, como animales en un matadero. Los disparos se vuelven cada vez más frenéticos, lo mismo que los gritos. Los gemidos de los que caminan se escuchan cerca. La detonación de las armas de fuego se espacia más y más, como si cada vez hubiera menos dedos jalando de los gatillos.
Los disparos se han detenido, un soldado empapado en sangre corre hacia nosotros mientras nos grita que huyamos, que los monstruos ya están aquí y son miles. Cuando pasa junto a mí noto que le falta el brazo derecho, la herida luce como si se lo hubieran arrancado de cuajo. Nadie se mueve de su lugar, algo más poderoso que el miedo nos mantiene fijos en el suelo. Permanecemos inmóviles aún cuando los primeros monstruos llegan hasta nosotros. Estamos indefensos, y ellos son implacables, apresan y muerden, apresan y muerden una y otra vez. Los desesperados gritos de los condenados se confunden con el húmedo ruido de la matanza y el sonido de la carne siendo arrancada del hueso.
      Cuando escuchen esta grabación ya no estaré aquí, estaré de nuevo huyendo a través de las venas vacías de nuestra civilización. Dejo esta grabación como testimonio. El punto seguro ha caído, Nueva York ha caído, el hombre ha caído, tan sólo quedan, los que caminan

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