jueves, 13 de diciembre de 2012

Cuento El Club de la Alcachofa



Son pocos los autores que son considerados los grandes exponentes de la literatura universal. Del mismo modo, son pocos los así llamados máximos logros literarios de la humanidad. Pero, ¿qué sucede con el resto de las obras?, ¿qué pasa con aquellos libros y escritores comunes y corrientes que, a pesar de sus esfuerzos, no fueron capaces siquiera de arañar la grandeza? Sucede que son continuamente olvidados, pasados por alto y abandonados en el más desvencijado de los roperos de la historia.
      Pero no más.
Para honrar a esos autores ignorados es que se funda en el año de 1742 el Club de la Alcachofa. Nombrado así en honor de nuestro fundador, sir Aldous Neverlose, autor del texto 1000 y un formas de comer alcachofas, y quien trágicamente tuvo que perder la vida (atragantado por una alcachofa, precisamente) para darle nombre a tan célebre agrupación. 

Ya entrados en intenciones, será prudente que me presente. Mi nombre es Maximiliam Hatecraft y es a través de mí que conocerán de viva voz sobre algunos de los más notorios miembros del Club de la Alcachofa (estén estos o no al tanto de su pertenencia). 

En primer lugar podría hablarles del Dr. Robert Richardson, quien en 1880 escribió un obscuro y poco conocido libro intitulado: Tratado Matrimonirico Individual, en el que exponía que la costumbre de las parejas casadas de dormir sobre el mismo lecho resultaba siempre malsano. En este escrito el doctor demuestra su preocupación respecto a la transmisión del aire viciado de un conyugue al otro, condición que se agrava por las mañanas, precisamente cuando los sentidos se muestran más despiertos y sensibles a percibir esos nocivos efluvios. Pero quizá lo más sorprendente de las tesis de Richardson, lo constituye la presunta electricidad de proximidad, causa última de las disputas en pareja. En sus propias palabras:
…las parejas discuten más debido a los cambios eléctricos que atraviesan los sistemas cuando se comparte la misma cama noche tras noche, que por cualquier otra causa conocida hasta ahora.
Cabe hacer la pertinente aclaración de que el venerable doctor Richardson era soltero.

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Otro conocido miembro, Mison Chleycrit, será para siempre recordado porque en su libro: Los muertos filósofos, rescata para la posteridad las enigmáticas palabras de despedida del filósofo Arquelao: el frio es un vínculo. Poco más es lo que se sabe sobre este erudito, quien fue discípulo de Anaxágoras y a su vez maestro de Sócrates. Se desconoce la fecha de su fallecimiento, así como la causa, pero Chleycrit no duda en afirmar que muy probablemente se debiera a un resfriado.  


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La escritora Romina Folkore escribió en las postrimerías del siglo pasado, y desde su casa en Boston, un gran tratado al que dio en llamar ¿Por qué no hay trenes a nueva Zelanda? Obra que le tomó varias décadas y un par de cuadros gastroensofágicos. En sus más de mil cuatrocientas páginas, Folkore esgrimió agudos y brillantes argumentos que intentaban explicar la ausencia de un ferrocarril que llevara de Estados Unidos a Nueva Zelanda (y viceversa). La mayoría de las hipótesis, como cabria esperar, se centran en la economía o la logística administrativa que dicha travesía representaría. No obstante, todo aquel que se anime a recorrer esas páginas, podrá descubrir que la señorita Folkore, a pesar de su agudeza, jamás se dio cuenta del oceánico impedimento a cualquier tentativa ferroviaria al respecto.

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Durante el reinado de Marco Aurelio, Plinio el Pescador (el miembro más antiguo del que al momento se tenga noticia) escribió su más reconocida obra, el Tractatus testiculum flutum. En esta obra de gran ingenio y virtud, estudiada a profundidad en la Edad Media por varios doctores angélicos, el filósofo expone con lujo de detalle sus experimentos testiculares basados en el principio de Arquímedes. En el prólogo del Tractatus, Plinio nos confiesa las razones que lo llevaron a escribir su gran obra. Al parecer sus amigos, y lo que es peor, su esposa, se burlaban del diminuto tamaño de sus glándulas, por lo que guiado por su amor a la sabiduría, decidió demostrarles a sus allegados, mediante los estudios del matemático Arquímedes, el error en el que se encontraban sus allegados. Para ello, primero pesó sus testículos en una pequeña báscula de bronce, para después sumergirlos en una tinaja llena de agua y así demostrar la verdadera valía de su equipo en peso, masa y volumen. Para su mala suerte (y gran divertimiento de los suyos), los resultados fueron decepcionantemente poco concluyentes.

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En el siglo XII el sabio japonés Yujima Tayami, escribió en un bellamente elaborado manuscrito, las seis tentaciones que un espadachín tenía que evitar a toda costa. Dichas tentaciones, en orden de importancia, son:
1.   El deseo consciente de obtener la victoria
2.   El deseo de recurrir a la astucia técnica
3.   El deseo de evidenciar sus aptitudes
4.   El deseo de intimidar al enemigo
5.   El deseo de jugar un papel pasivo
6.   El deseo de escapar del adversario
  Según historiadores de la época, el sabio Yujima fue fiel y consecuente al evitar dichas tentaciones. Hasta que sus muy sabias rebanadas fueron encontradas debajo de un cerezo.

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Finalmente, en 1821 el historiador francés Remi de la Croa, recogió en su libro Futuralia, los increíbles testimonios de un autodenominado viajero del tiempo de nombre Philippe J. Frire. Este tal Philippe relató cómo logó viajar (sin recordar el método o el modo de regreso) hasta el año 3000, en donde pudo conocer una sociedad llena de autómatas, sorprendentes maquinas voladoras y extrañas criaturas similares a crustáceos ejerciendo la medicina. La obra fue en su tiempo fuertemente criticada por la facultad de medicina de la Soborna, puesto que los miembros de la misma consideraban irrisorio que un cangrejo pudiese ejercer con soltura el oficio de galeno.

c'est la vie.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encantó ;)

Alejandro Morales Mariaca dijo...

Me alegra que te gustara.
Un saludo ;)