viernes, 1 de febrero de 2013

Mary Wollstonecraft Godwin & La máquina que fabricaba dioses




Hoy es el 162 aniversario luctuoso de Mary Wollstonecraft Godwin, mejor conocida como Mary Shelley, autora de Frankenstein o el moderno Prometeo, considerada como la primer obra de ciencia ficción y una de los grandes clásicos de la narrativa de terror.

A manera de homenaje, les comparto este pequeño relato steampunk, que sin desearlo ni proponérselo y en palabras de Joel Álamo, quien tuvo la gentileza de leerlo, terminó siendo precisamente un bello homenaje a la autora. Espero que lo disfruten.





La máquina que fabricaba dioses



En medio de una Europa que sangra reyes, una joven dama toma asiento detrás de un escritorio ubicado en el sótano de un sencillo edificio de ladrillo rojo y tejas verdes. Frente a ella se encuentra una especie de tipógrafo montado sobre la estructura de una máquina de coser, al que se le ha agregado una serie de teclas similares a las de un piano. En cada una de ellas se ha grabado con maestría en el marfil uno de los veintiséis caracteres del alfabeto ingles, así como los primeros diez números arábigos y algunos símbolos de apariencia extraña.

      La joven se retira los guantes de encaje de sus dedos y comienza a oprimir con ellos algunas de las teclas en un orden aparentemente preestablecido. Con cada pulsación una serie de pistones y bielas comienzan a moverse dentro de una estructura de cobre y latón que se encuentra al lado del tipógrafo. La extraña máquina comienza a rugir en una cacofonía de ruidos metálicos y precisos. 



La dama continua tecleando febrilmente con una mano, mientras la otra la utiliza para operar una serie de manivelas y válvulas. La temperatura a su alrededor pronto comienza a elevarse, un húmedo mechón de cabello cae sobre su rostro, pero ella no tarda en acomodarlo de nuevo, moviendo con ello ligeramente el pendiente de plata con forma de engrane que cuelga de su oreja.

De algún modo intuye que esta ocasión será distinta. Esta vez la máquina sí funcionará adecuadamente. Tiene que hacerlo. A su espalda se deja escuchar un silbido, el familiar sonido del vapor brotando a través del pico de una tetera de cobre. Pero el té tendrá que esperar. No puede apartar la mirada de los manómetros repartidos sobre toda la superficie de su artilugio. La presión debe mantenerse constante, o de lo contrario el proceso fallará. De nuevo.

Una pequeña fuga de líquido comienza a filtrarse de la tubería principal. Molesto, pero previsible. Aún así decide seguir adelante. Sin dejar de pulsar las teclas gira un par de válvulas incrementando la presión. Las juntas de metal y los remaches comienzan a vibrar, pero la integridad estructural de la máquina se mantiene estable. Aún puede ir más lejos. Y lo hace. Sin moverse de su lugar hace descender una serie de palancas, las cuales terminan de activar los mecanismos internos de un ingenio similar en tamaño y forma a la bóveda de una locomotora.

Parece que pasan horas, aunque realmente sólo transcurren unos cuantos minutos. La sinfonía metálica de su máquina disminuye su ritmo hasta casi desaparecer, dejando tras de sí tan sólo el leve murmullo del engranaje. Del gran aparato comienza a salir vapor, al tiempo que se abre una especie de compartimiento de gran tamaño. De aquella abertura, medio difusa por la neblinosa atmosfera, surge la figura desnuda de un hombre, mejor dicho, de una máquina que imita a la perfección hasta el más diminuto detalle de la apariencia del hombre. La joven dama ve maravillada su creación. Para ella es mucho más que un hombre, mucho más que una máquina, para ella es un Dios.

Abandona su puesto y con reverencia se aproxima a él. Delicadamente y con ternura retira con su dedo una gota de agua que se ha condensado en su pecho de cobre. Aquel gesto parece despertar algo en la máquina, la cual mueve su rostro y clava sus ojos en los de su creadora, una de sus manos se eleva y...

—¡Mary, es hora del almuerzo! —dice una femenina y autoritaria voz a través del tubo acústico de bronce que comunica el taller con el resto de la casa—. Mary Wollstonecraft Godwin, ¡no lo volveré a repetir!

Pero la joven no responde el llamado. Su hombre máquina, su Dios, le ha extraído la vida, dejando la fría y cruel impronta de sus dedos sobre la delicada piel de su cuello. 





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